Migratorias

Cada año, en los equinoccios de otoño y primavera se produce un fenómeno global, masivo, alucinante: la migración de millones de aves.

Diferentes especies, con diferentes rumbos y distintas formas de abordar sus periplos migratorios, que en muchas ocasiones las dejaran exhaustas o al borde de la muerte. Millones y millones de kilómetros no exentos de peligro, serán recorridos a lo largo y ancho de nuestro planeta, conectando las zonas de invernada con las áreas de reproducción de estas especies.

En la temprana primavera notaremos en seguida la llegada de aviones, golondrinas y vencejos que alegrarán, mientras dure el buen tiempo, nuestras tardes, en una algarabía de trinos y vuelos llenos de acrobacias.

Pronto veremos en nuestras fachadas sus nidos, y más adelante podremos observar a sus polluelos asomando la cabeza en un continuo reclamo de alimento.

Seguro que si nos fijamos nos será fácil observar los nidos de los aviones comunes, más reservados que golondrinas y aviones comunes, a la hora de construir su nido, ya que lo construyen cerrado, para que ninguna mirada inoportuna pueda contemplar el interior de los mismos.

Serán épocas de ajetreo, de duro trabajo para reproducirse y sacar adelante a una nueva generación.

Muchas serán las gratas visitas que recibiremos, como la de los alcaudones dorsirrojos que tras pasar el invierno por sus cuarteles de invernada en África, entre Zimbabue y Monzambique, regresarán a criar al norte de la nuestra Península.

El bareto

Amanece y entre la espesura del bosque mediterráneo alguien se mueve con sigilo… Es un ciervo joven (Cervus elaphus) cuya cornamenta aún no es más que dos varas sin puntas.

Quizás tenga suerte y sobreviva todavía algunos años más, para adquirir el porte regio y magnánimo que caracteriza a los ciervos adultos. Con un peso alrededor de 200 kg y una buena cornamenta, podrá optar a que un buen puñado de hembras le rindan sus favores. Para ello, aún debe crecer lo suficiente y enfrentarse a fieros adversarios, los machos más grandes y fuertes, agresivos competidores cuando llegué la época de aparearse y luchar por los harenes.

Pero aún es pronto y el joven ciervo anda todavía más preocupado de alimentarse y sobrevivir a los múltiples peligros que le acechan.

Quizás llegue el día en que sus genes tengan el privilegio de se legados a una nueva generación, o quizás su legado muera sin pena ni gloria, o su cabeza, acabe decorando la pared de algún salón.

La desgracia de “ser feo”

Puede que el título de este post no sea muy ortodoxo, pero creo que aparte de llamativo, resume bien algo a lo que le llevo dando vueltas mucho tiempo.

¿Por qué no se protegen como debiera, nuestros valiosos ecosistemas esteparios?

Simplemente hay que echarle un vistazo al listado de Parques Nacionales para ver que, entre los ecosistemas que se dicen representativos de nuestra nación y que merecen ser conservados por sus valores naturales, no hay ni una sola estepa.

Entre ellos, podemos encontrar islotes marítimos cuya cobertura vegetal alóctona representa el 80% del total, ecosistemas acuáticos que son ejemplo de la sobreexplotación hídrica, o espacios de montaña donde algunas especies autóctonas no parecen tener cabida.

Pero ni una sola estepa…

Algo sin duda difícil de entender, pues estos ecosistemas naturales, son tan representativos como valiosos dentro de nuestro rico patrimonio natural.

Parecía que atrás habían quedado los tiempos de los magníficos Parques Nacionales, los excelsos ecosistemas de montaña, símbolo de lo salvaje y lo bello. Que con los mismos criterios de grandiosidad que en EEUU, de donde importamos el modelo, fueron los pioneros para comenzar a conservar en nuestro país. Su declaración vino de la mano de nobles cazadores, gracias a los cuales tuvimos nuestra primera Ley de Parques Nacionales y Montaña de Covadonga y Ordesa, fueron creados.

Poco a poco, el modelo fue cambiando y un buen día Doñana, un humedal, los mismos que en el pasado se querían desecar por ser sinónimo de mosquitos, enfermedades y poca utilidad, pasó a encabezar el listado de los ecosistemas funcionales. Reconocido más por su valor ecológico que por su valor paisajístico.

Sin embargo, el reconocimiento a la estepa, no parece llegar nunca.

Monegros, Belchite, la Bárdenas Reales, el Desierto deTabernas, tienen tanto valor ecológico y son tan representativos, como todos estos espacios de los que hemos hablado. (Aunque que por otra parte, parece que eso de ser Parque Nacional tampoco es que haya contribuido en demasía a que se conserven, o lo que es peor aún, a que se protejan. Solo hay que ver los ejemplos citados anteriormente a lo que cabe añadir los planes que pretenden extraer del subsuelo de Doñana gas mediante el empleo de fractura hidráulica, es para echarse a llorar…)

En Monegros por ejemplo, es mejor incrementar el regadío, crear inmensas balsas, porque total, es feo, o al menos parece serlo para muchos.

Y es que quizás, todavía haya demasiada gente en demasiados ámbitos, con poca utilización de los sentidos.

La belleza de la estepa late en cada rincón. Son ecosistemas tan vivos que resultan abrumadores. Espacios abiertos para regocijo del viento y de la vida, de una hermosura evidente si somos capaces de ver y no nos conformamos sólo con mirar.

Cada mañana es una algarabía de trinos y de cantos. Algunos, como los de la alondra de Dupont (Chersophilus duponti) comienzan muy temprano, cuando aún ni ha salido el sol. Los de alondras (Alauda arvensis), cogujadas (Galerida cristata), terreras y calandrias (Melanocorypha calandra), vendrán un poco más tarde.

Los amaneceres y atardeceres son de una intensidad inusitada y en cualquier momento se puede escuchar el sonido de las gangas (Pterocles alchata), que con su potente vuelo van en la búsqueda de agua.

Con gran frecuencia, nos saludarán los alcaravanes (Burhinus oedicnemus)y mochuelos (Athene noctua). Hasta es posible que un día nos topemos con un sembrado lleno de chorlitos carambolos (Charadrius morinellus).

La estepa es además un lugar donde redescubrir la fauna. De pronto un zorro (Vulpes vulpes), puede convertirse en un coyote.

O una tormenta, puede parecer el fin del mundo.

Rodales de acebo, lugares estratégicos para la fauna

En un primer vistazo puede que esta imagen no nos diga nada. Incluso si sabemos que se trata de un rodal de acebos en la Cordillera Cantábrica, es posible que no nos demos cuenta de su vital importancia.

Es invierno y en la cordillera los bosques caducifolios perdieron su hoja hace ya meses. La temperatura es gélida y la comida es escasa o simplemente, inexistente.

¿Cómo se puede sobrevivir entonces en un medio tan hostil, tan extremo?

Sin duda, con muchas dificultades. Pero gracias al acebo, muchos animales tienen una oportunidad de resistir al invierno.

El acebo (Ilex aquifolium) es una especie estratégica, realmente fundamental en este medio, pues es la única especie perennifolia de la cordillera, junto con el tejo.

En invierno, el acebo proporciona cobijo y alimento. En el interior de un frondoso rodal, la temperatura puede ascender varios grados. A veces, los mismos que pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Sus hojas, aunque férreamente defendidas por espinas, alimentan a estómagos rugientes por el hambre.

Urogallos, ciervos, corzos y otras cuantas especies, serán los inquilinos de estos rodales de acebos. Rodales que significan vida, cuando llega el curdo invierno.

La carqueixa

La carqueixa es una planta arbustiva familia de las fabáceas que se distribuye por el occidente de la Península Ibérica en suelos silíceos, normalmente degradados por el fuego, ya que se trata de una especie muy pirófita que según dicen es capaz de arder incluso bajo la nieve sin llegar a apagarse, aunque luego rebrota sin problema tras los incendios.

En las provincias de Zamora, Galicia, León y Asturias, esta planta se ha empleado con diversos usos medicinales: contra la tos, el reúma, o como diurética, también para encender el fuego e incluso por su aspereza para fregar los platos.

Además también forma parte del refranero popular como en este un bonito refrán leonés que dice:

Carqueixa brotada,
loba preñada.
Carqueixa florida,
loba parida.