El bello Narciso

Según cuenta la leyenda, Narciso era un bello muchacho de quién todas las doncellas se enamoraban perdidamente. Sin embargo, todas ellas eran despreciadas por el bellísimo joven. Entre sus enamoradas, se encontraba Eco, una ninfa a quien la Diosa Hera había castigado a repetir las últimas palabras que se le dijeran. Eco por tanto era incapaz de hablarle de su amor a Narciso.

Un día, Narciso paseaba por el bosque y sintiéndose observado preguntó “¿hay alguien aquí?” A lo que la pobre Eco sólo pudo responder “aquí” “aquí”… Incapaz de ver quién era el que pronunciaba estas palabras, Narciso gritó “Ven” y Eco respondió con la misma palabra, pero esta vez corriendo hacia su amado con los brazos abiertos. Sin embargo, una vez más, Narciso rechazó cruelmente a su admiradora, que ultrajada y herida, se ocultó por siempre en una cueva, hasta que no quedó de ella más que su voz.

Tras este episodio, Némesis, la Diosa de la Venganza, castigó a Narciso por su crueldad con Eco, haciendo que se enamorara de sí mismo al verse reflejado en las claras aguas de un arroyo.

En una contemplación enfermiza, absorto en su propia belleza, Narciso cayó al agua y se ahogó. Allí mismo y en memoria de su hermosura creció una bonita flor para honrar por siempre la belleza de Narciso.

Desde entonces, los narcisos alegran con su presencia la temprana primavera. Son plantas bulbosas muy utilizadas en jardinería, pero que también crecen salvajes en la naturaleza.

Narcissus pseudonarcissus subsp. leonensis, es típico del norte de la Península y normalmente podemos encontrarlo en prados húmedos y soleados. Cuando el resto de especies vegetales apenas está despertando de su letargo invernal, los narcisos ya se encuentran en plena floración, haciendo alarde de su magnífica belleza.

Creciendo pese a todo…

Quizás ayer no fuera el mejor día para salir de paseo. Hacía un día de perros y la lluvia pronto nos caló casi por completo pese al gore tex, al paraguas y demás historias. Sin embargo, incluso en los días más desapacibles, cuando a ratos te imaginas más a gusto en casa que lidiando con los elementos, siempre encuentras algún motivo por el que ha merecido la pena adentrarse en la naturaleza.

El verdor de la dehesa, los buitres en rasante vuelo, o el río Manzanares con un magnífico caudal, fueron algunos de esas razones por las que te alegras de no haberte quedado en casa.

Aunque quizás, lo que más me llamó la atención de todo el día fue este enebro rojo (Juniperus oxycedrus) que crecía literalmente dentro de un bloque de granito, haciendo alarde de la poderosa fuerza que posee un ser vivo cuando se aferra a la existencia. Está claro que su semilla no cayó en el mejor de los lugares y sin embargo, tuvo la suficiente fortaleza para germinar y seguir creciendo, quebrando la roca que hoy por hoy, aún le tiene prisionero.

Bajo las hojas del tejo

Pocas especies tienen tanto bagaje cultural como los tejos (Taxus baccata), árboles ancestrales, venerados, considerados mágicos por numerosos pueblos.

Algunos ejemplares se revelan como los moradores más viejos de Europa, con más un millar de años sobre sus cortezas. Con sólo contemplar su arcaico porte, nos sumimos en una especie de viaje que nos transporta hacia otros tiempos, hacia otros mundos.

Los celtas veneraban los tejos al considerarlos sabios e inmortales. Así que no es de extrañar que en torno a ellos, girara buena parte de sus vidas y decisiones. Bajo el tejo se celebraban los concejos, donde el pueblo decidía sobre numerosas cuestiones de la existencia común. Bajo el tejo también se festejaban las pequeñas y grandes alegrías de la vida.

Para estos pueblos ancestrales, anclados en la tierra, cuyas creencias existenciales iban mucho más allá de la aceptación de un único Dios, los tejos fueron la puerta de entrada del cristianismo. Las iglesias se ubicaron en sus cercanías para que así resultara más sencillo atraer a los futuros devotos.

Esta es una de las razones por las que en el norte peninsular es fácil encontrar la asociación entre iglesias y tejos. Una cercanía que tras numerosos siglos fue convirtiéndose en un intercambio de dogma.

Sin embargo, los tejos continúan aún impasibles, con sus raíces perpetuas, cubriendo con un halo de misterio y múltiples leyendas lugares que fueron sagrados, mucho antes de la aparición de las religiones.

Flores de inverno

Puede que su belleza se deba en gran parte a la precocidad con la que anuncian la primavera.

Son flores sencillas, pequeñas, de color desvaído, que de pronto brotan acelerando nuestro pulso. La primavera anda cerca.

Resultan tan delicadas, tan simples. Son tan efímeras si alguien decide cortarlas, que parece mentira que se arriesguen a brotar en invierno, que se atrevan con temperaturas tan frías y se expongan a las aún frecuentes heladas.

Brotar primero, es una estrategia que los árboles y arbustos del género Prunus practican cada año y con ella nos devuelven poco a poco, el renacer de la vida.

El poder de una semilla

Hace ya bastante tiempo, pero aún recuerdo la primera vez que planté un árbol. Por aquel entonces yo tenía 7 años y mi padre me propuso plantar una almendra en un macetero de la terraza. Me pareció una ocasión estupenda para hurgar un rato con la tierra, algo que normalmente no estaba muy bien visto en casa.

Como nos dijeron que no saldría nada, decidimos plantar tres y de este modo, aumentar nuestras probabilidades de éxito. A partir de ese día, mis visitas a la terraza se hicieron mucho más frecuentes ¿nacería el arbolito? Y efectivamente, un día el almendro germinó. Al principio no era más que un tímido brote, frágil y delicado que no tenía pinta de llegar a ser jamás un árbol, pero siguió creciendo, en gran medida gracias a los cuidados de mi madre.

Los años pasaron y el arbolito comenzó a dar flores e incluso algún fruto, unas pocas almendras que degusté con alegría. Sin embargo, el espacio del macetero comenzó a ser insuficiente. El arbolito se retorcía buscando el sol y su tronco corría el peligro de volverse quebradizo. Así que decidimos trasplantarlo, que tuviera un suelo de verdad para seguir creciendo.

25 años después, ese almendro me da sombra y cada año trepo en él para hacerme con un buen cargamento de riquísimas almendras.

Creo que con él también germinó en mí un profundo interés por la naturaleza, que con los años se fue intensificando y posiblemente no deje de crecer nunca. Por eso, voy a regalar a mi sobrina mayor, que pronto cumplirá 7 años, este pequeño madroño.

Porque a veces algo tan minúsculo como una semilla, puede germinar y contribuir a cambiar nuestro mundo.