Arquitectura negra

La conocida como arquitectura negra es típica de la Sierra Norte de Guadalajara, de los pequeños pueblos negros de la sierra pobre que siempre han estado un tanto aislados y perdidos del mundo, pese a su cercanía a la gran urbe madrileña. Es una arquitectura de talante artesanal, enraizada profundamente en el medio ambiente y ligada al clima, a los materiales y a las funcionalidades sociales y económicas de la sierra y que no sólo dota a su paisaje de otro elemento singular, si no que se introduce en él en perfecta sintonía y mimetismo.

Piedra, principalmente pizarra, pero también cuarcitas, esquistos y gneises, y madera de roble, son los elementos fundamentales que dan forma a estas construcciones de gran simplicidad. Casas y casillas tan similares, que prácticamente y a no ser por sus diferencias en tamaño, equiparaban el tipo de morada en la que vivían personas y animales, hoy tan escasos los unos como los otros. Puertas pequeñas, en las que casi hay que entrar agachado y ventanas minúsculas para atrapar el calor en el interior del hogar.

Pasear por mi pueblo, Gascueña de Bornova, con la alegría del que se reencuentra con recuerdos infantiles de pasados juegos y aventuras, de veranos de bicicleta y libertad, siempre me resulta emocionante.

Sanabria: Tierra de lobos

En la Provincia de Zamora, enclavada entre la Sierra de la Culebra, La Segundera y la Cabrera Baja se encuentra Puebla de Sanabria, asentada a las orillas de los Ríos Tera y Castro.

Puebla de Sanabria es un municipio de poco más de 1500 habitantes que posee un rico patrimonio cultural, monumental y paisajístico. Pero ante todo es realmente un lugar hermoso por el que pasear entre empinadas callejuelas de piedra.

Sanabria siempre fue y sigue siendo, tierra de lobos, como atestiguan alguno de los antiguos emblemas que aún aparecen sobre las casas de antiguas familias nobles, en cuyos blasones aparecía la figura del lobo, una figura omnipresente en la cultura sanabresa y en las alomadas cumbres de la cercana Culebra.

La Verduéngana: Una historia de castaños y Romanos

Durante algún tiempo se barajó la hipótesis de que los castaños (Castanea sativa) fueron introducidos por los Romanos en nuestra península, durante el periodo en que esta perteneció a su gran imperio. Sin embargo, estudios posteriores demostraron que el registro polínico fósil indicaba que los castaños llegaron antes.

Lo que parece evidente es que los romanos expandieron el castaño tanto como su propio imperio. En gran medida ello se debió a las elevadas necesidades de alimentación de sus bastas legiones y por otro lado sus hordas de esclavos.

Un ejemplo de ello puede encontrarse en el bierzo leonés, una zona con una gran cantidad de castaños que se creen, fueron extendidos por los romanos. En esta zona había importantes minas de oro que los romanos explotaban a través de una ingente mano de obra que debía ser alimentada. De ello nos quedan vestigios históricos en Las Médulas, famoso por su paisaje formado por la erosión que provocaba el agua a presión que los romanos canalizaban para perforar y reventar la montaña para extraer el valioso mineral.

El árbol de la imagen es un castaño muy viejo en el Alto Sil que como todos los árboles antiguos posee nombre propio. Quizás la Verduéngana no proceda de los tiempos romanos, aunque muchos cientos de años debe tener ya en sus raíces y ramas y muchos habrán sido los humanos que hayan matado el hambre gracias a sus ricas y nutritivas castañas.

El Carea Leonés

“Ese perro pequeño, histérico, ágil y vivaz que acompañando al rebaño siempre da el primer ladrido de alerta, para luego, con el rabo entre las piernas, refugiarse detrás del poderoso mastín”.

Hay quién definiría así a un Carea Leonés, tiene algo de cierto, algo de guasa y algo de simple. Y es que los Careas Leoneses, perros de pastor, son mucho más:

Los tiempos de la Mesta no fueron buenos tiempos para los careas, sus directrices, estrictas y rígidas, los prohibían en muchos de los grandes rebaños. Eran tiempos de pastores, mayorales, rabadanes, zagales, ayudadores –suficiente mano de obra-…. y amplios puertos y dehesas de Condes y Marqueses a la entera disposición de los rebaños y de su lana. Los careas, removían a las ovejas y las molestaban, en aquel momento no parecían necesarios.

Fue a principios del S XIX con el declive de la Mesta, y del oficio de pastor, cuándo los mayorales fueron quedándose solos al frente del rebaño y, también fue por entonces cuándo el paisaje de las Montañas del Norte y su extensión hacia el Sur por la Vía de la Plata se transformó en un mosaico de minifundios de cultivos y pastos de diente y de siega, caminos estrechos y huertos. En este momento, el carea pasó a ser la mano derecha del pastor. Desde entonces y hasta la actualidad desde los puertos de Babia hasta las dehesas de Almendralejo, no hay rebaño sin mastín ni que le falte un carea. Pareja perfecta e indisoluble. El mastín protege, el carea, conduce. Conduce, dirige, “aqueda” o “carea” para que las ovejas no se salgan de los caminos, no entren a lo sembrao, para agruparlas en rediles y majadas.

Los hay negros, cervatos, cuatro ojos y también arlequines, pintos o “cisnos”. Son listos, nerviosos, juguetones y cómplices de su dueño. Y no sólo sirven para carear, buenos en el rastreo, como perros de salvamento o en las pruebas de Agility. La mayoría de los ejemplares históricamente y en la actualidad se localizan entre las provincias de León y Zamora, y de ahí su apellido. Sin embargo, su habilidad y agilidad para aprender y su dureza de raza rústica los ha hecho emigrar a otras latitudes, hay quién los cría en Suecia y también en Ibiza, por poner dos extremos. Parece que ahora van a ser buenos tiempos para el carea, en el futuro quizás sea uno de los embajadores de León.

(Este es un post conjunto entre Irbis y el Mundo de Gea, texto de Bea Blanco y foto de Alchata)