Tormentas

Estos días de tiempo tan variable, tan loco, quizás nos hayan torturado un poco después de un invierno lluvioso, ventoso y frío. Y es que ya tenemos ganas de primavera y sin duda con el tiempo revuelto apetece hacer menos cosas al aire libre.

Pero en el fondo ¿quién puede dudar de la espectacularidad de una buena tormenta? Vale… es posible que en verano sean más apetecibles, pero hay que disfrutar de las cosas cuando llegan.

Particularmente a mí me encantan las tormentas, sentir el ímpetu de la naturaleza en estado puro, ver cómo cambia la atmósfera, cómo se electrifica el ambiente y la luz se vuelve plomiza cubriéndolo todo con un halo metálico.

Sin duda las disfruto, pero reconozco que alguna vez he pasado algo de miedo, sobre todo, cuando una buena tormenta me ha pillado en algún lugar, digamos que un tanto peligroso como para verse en medio de la rugiente tempestad.

Aunque son pocos los desafortunados que tienen la desgracia de verse alcanzados por un rayo, en determinadas situaciones, conviene ser precavido. Así que no está de más tomar algunas precauciones, pues lo que está claro, es que los efectos de un rayo son devastadores para el organismo.

En zonas de alta montaña, cuando sintamos la tormenta cerca, será mejor buscar refugio lo antes posible, ya que quizás sea uno de los lugares donde tenemos más papeletas de que nos caiga un rayo. En la cumbre poco más sobresale que nosotros mismos y conviene no jugársela. Aún recuerdo permanecer casi una hora en un pequeño “zulo” que por suerte encontramos entre las rocas, muy cerca del pico, pues apenas nos dio tiempo a salir de allí, mientras alrededor, el mundo cobraba un intenso olor a chamusquina y el ruido se volvía ensordecedor.

Esa vez la tormenta no fue tan agradable, pero tuvimos suerte de encontrar aquel pequeño refugio.

Dicen que en caso de vernos sorprendidos por una fuerte tormenta y sin cobijo al alcance, no debemos correr, si no echarnos en el suelo y permanecer tumbados en posición fetal, lejos de cualquier animal o del agua y en ningún caso usar el móvil.

Si encontramos una cueva, será mejor ir hacia el interior y no pegarse a las paredes y por supuesto, nunca debemos resguardarnos bajo un árbol grande y solitario, podremos buscar refugio en una arboleda densa, pero jamás debajo de los árboles más altos.

Entre los lugares más seguros, aseguran que se encuentra el coche, eso sí, siempre y cuando este esté cerrado.

Ahora, que la tormenta ya parece alejarse, puede ser un buen momento para dar una vuelta y disfrutar del agradable aroma de la tierra mojada.

Dehesa: esencia mediterránea

Pocos ambientes describen mejor la esencia mediterránea que las dehesas de encinas, producto ibérico por antonomasia que nos ha sido legado desde tiempos remotos. Nuestros ancestros fueron aclarando zonas de encinar, para dotar de espacio a su ganado. Poco a poco estos árboles que antaño crecieron en un bosque más denso fueron adquiriendo el porte redondeado y globoso que les caracteriza hoy en día.

La dehesa es un perfecto ejemplo de sistema mixto silvo-agropastoral que hoy en día sigue teniendo una fuerte repercusión económica en nuestro país.

Son muchas las comparaciones que pueden hacerse entre la sabana africana y la dehesa mediterránea, si bien esta última procede de la actividad del ser humano y supone un ejemplo perfecto de sostenibilidad ambiental. Donde biodiversidad, riqueza económica, paisaje y cultura conviven sin hacerse sombra.

La desgracia de “ser feo”

Puede que el título de este post no sea muy ortodoxo, pero creo que aparte de llamativo, resume bien algo a lo que le llevo dando vueltas mucho tiempo.

¿Por qué no se protegen como debiera, nuestros valiosos ecosistemas esteparios?

Simplemente hay que echarle un vistazo al listado de Parques Nacionales para ver que, entre los ecosistemas que se dicen representativos de nuestra nación y que merecen ser conservados por sus valores naturales, no hay ni una sola estepa.

Entre ellos, podemos encontrar islotes marítimos cuya cobertura vegetal alóctona representa el 80% del total, ecosistemas acuáticos que son ejemplo de la sobreexplotación hídrica, o espacios de montaña donde algunas especies autóctonas no parecen tener cabida.

Pero ni una sola estepa…

Algo sin duda difícil de entender, pues estos ecosistemas naturales, son tan representativos como valiosos dentro de nuestro rico patrimonio natural.

Parecía que atrás habían quedado los tiempos de los magníficos Parques Nacionales, los excelsos ecosistemas de montaña, símbolo de lo salvaje y lo bello. Que con los mismos criterios de grandiosidad que en EEUU, de donde importamos el modelo, fueron los pioneros para comenzar a conservar en nuestro país. Su declaración vino de la mano de nobles cazadores, gracias a los cuales tuvimos nuestra primera Ley de Parques Nacionales y Montaña de Covadonga y Ordesa, fueron creados.

Poco a poco, el modelo fue cambiando y un buen día Doñana, un humedal, los mismos que en el pasado se querían desecar por ser sinónimo de mosquitos, enfermedades y poca utilidad, pasó a encabezar el listado de los ecosistemas funcionales. Reconocido más por su valor ecológico que por su valor paisajístico.

Sin embargo, el reconocimiento a la estepa, no parece llegar nunca.

Monegros, Belchite, la Bárdenas Reales, el Desierto deTabernas, tienen tanto valor ecológico y son tan representativos, como todos estos espacios de los que hemos hablado. (Aunque que por otra parte, parece que eso de ser Parque Nacional tampoco es que haya contribuido en demasía a que se conserven, o lo que es peor aún, a que se protejan. Solo hay que ver los ejemplos citados anteriormente a lo que cabe añadir los planes que pretenden extraer del subsuelo de Doñana gas mediante el empleo de fractura hidráulica, es para echarse a llorar…)

En Monegros por ejemplo, es mejor incrementar el regadío, crear inmensas balsas, porque total, es feo, o al menos parece serlo para muchos.

Y es que quizás, todavía haya demasiada gente en demasiados ámbitos, con poca utilización de los sentidos.

La belleza de la estepa late en cada rincón. Son ecosistemas tan vivos que resultan abrumadores. Espacios abiertos para regocijo del viento y de la vida, de una hermosura evidente si somos capaces de ver y no nos conformamos sólo con mirar.

Cada mañana es una algarabía de trinos y de cantos. Algunos, como los de la alondra de Dupont (Chersophilus duponti) comienzan muy temprano, cuando aún ni ha salido el sol. Los de alondras (Alauda arvensis), cogujadas (Galerida cristata), terreras y calandrias (Melanocorypha calandra), vendrán un poco más tarde.

Los amaneceres y atardeceres son de una intensidad inusitada y en cualquier momento se puede escuchar el sonido de las gangas (Pterocles alchata), que con su potente vuelo van en la búsqueda de agua.

Con gran frecuencia, nos saludarán los alcaravanes (Burhinus oedicnemus)y mochuelos (Athene noctua). Hasta es posible que un día nos topemos con un sembrado lleno de chorlitos carambolos (Charadrius morinellus).

La estepa es además un lugar donde redescubrir la fauna. De pronto un zorro (Vulpes vulpes), puede convertirse en un coyote.

O una tormenta, puede parecer el fin del mundo.

La Verduéngana: Una historia de castaños y Romanos

Durante algún tiempo se barajó la hipótesis de que los castaños (Castanea sativa) fueron introducidos por los Romanos en nuestra península, durante el periodo en que esta perteneció a su gran imperio. Sin embargo, estudios posteriores demostraron que el registro polínico fósil indicaba que los castaños llegaron antes.

Lo que parece evidente es que los romanos expandieron el castaño tanto como su propio imperio. En gran medida ello se debió a las elevadas necesidades de alimentación de sus bastas legiones y por otro lado sus hordas de esclavos.

Un ejemplo de ello puede encontrarse en el bierzo leonés, una zona con una gran cantidad de castaños que se creen, fueron extendidos por los romanos. En esta zona había importantes minas de oro que los romanos explotaban a través de una ingente mano de obra que debía ser alimentada. De ello nos quedan vestigios históricos en Las Médulas, famoso por su paisaje formado por la erosión que provocaba el agua a presión que los romanos canalizaban para perforar y reventar la montaña para extraer el valioso mineral.

El árbol de la imagen es un castaño muy viejo en el Alto Sil que como todos los árboles antiguos posee nombre propio. Quizás la Verduéngana no proceda de los tiempos romanos, aunque muchos cientos de años debe tener ya en sus raíces y ramas y muchos habrán sido los humanos que hayan matado el hambre gracias a sus ricas y nutritivas castañas.