El poder de una semilla

Hace ya bastante tiempo, pero aún recuerdo la primera vez que planté un árbol. Por aquel entonces yo tenía 7 años y mi padre me propuso plantar una almendra en un macetero de la terraza. Me pareció una ocasión estupenda para hurgar un rato con la tierra, algo que normalmente no estaba muy bien visto en casa.

Como nos dijeron que no saldría nada, decidimos plantar tres y de este modo, aumentar nuestras probabilidades de éxito. A partir de ese día, mis visitas a la terraza se hicieron mucho más frecuentes ¿nacería el arbolito? Y efectivamente, un día el almendro germinó. Al principio no era más que un tímido brote, frágil y delicado que no tenía pinta de llegar a ser jamás un árbol, pero siguió creciendo, en gran medida gracias a los cuidados de mi madre.

Los años pasaron y el arbolito comenzó a dar flores e incluso algún fruto, unas pocas almendras que degusté con alegría. Sin embargo, el espacio del macetero comenzó a ser insuficiente. El arbolito se retorcía buscando el sol y su tronco corría el peligro de volverse quebradizo. Así que decidimos trasplantarlo, que tuviera un suelo de verdad para seguir creciendo.

25 años después, ese almendro me da sombra y cada año trepo en él para hacerme con un buen cargamento de riquísimas almendras.

Creo que con él también germinó en mí un profundo interés por la naturaleza, que con los años se fue intensificando y posiblemente no deje de crecer nunca. Por eso, voy a regalar a mi sobrina mayor, que pronto cumplirá 7 años, este pequeño madroño.

Porque a veces algo tan minúsculo como una semilla, puede germinar y contribuir a cambiar nuestro mundo.

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4 pensamientos en “El poder de una semilla

  1. ¡¡¡Que entrada más guapa!!!
    Es cortita, pero me ha prestado leerla un montón.

    D

  2. Yo tengo 6 sobrinos, y a cada uno le regalé un árbol para plantar según cumplian 4 años, dos nogales (son mellizos), un pino piñonero, un algarrobo, una encina y un olivo. La verdad es que hemos tenido mucha suerte, y todos van para delante, y es una gozada ver como al llegar a la finca de unos de sus abuelos, donde los plantamos, corren cada uno al lugar donde está su árbol, a echarle gallinaza, a regarlos, a medir cuanto han crecido…, sus madres dicen que les hace más ilusión cuando ven que su árbol ha crecido 2 centimetros que cuando los crecen ellos…Espero que les siga haciendo ilusión según pasen los años, y no vendan los nogales por la madera cuando tengan 40 años…

  3. En fin Karriman,

    Si ahora les tienen tanto cariño no creo que los vendan para madera ;)

    Es genial poder compartir estas pequeñas cosas con los sobrinos e intentar inculcarles nuestro amor por la naturaleza desde bien pequeñitos. Al menos hay que intentarlo.

    Gracias por tu comentario!!