Bajo las hojas del tejo

Pocas especies tienen tanto bagaje cultural como los tejos (Taxus baccata), árboles ancestrales, venerados, considerados mágicos por numerosos pueblos.

Algunos ejemplares se revelan como los moradores más viejos de Europa, con más un millar de años sobre sus cortezas. Con sólo contemplar su arcaico porte, nos sumimos en una especie de viaje que nos transporta hacia otros tiempos, hacia otros mundos.

Los celtas veneraban los tejos al considerarlos sabios e inmortales. Así que no es de extrañar que en torno a ellos, girara buena parte de sus vidas y decisiones. Bajo el tejo se celebraban los concejos, donde el pueblo decidía sobre numerosas cuestiones de la existencia común. Bajo el tejo también se festejaban las pequeñas y grandes alegrías de la vida.

Para estos pueblos ancestrales, anclados en la tierra, cuyas creencias existenciales iban mucho más allá de la aceptación de un único Dios, los tejos fueron la puerta de entrada del cristianismo. Las iglesias se ubicaron en sus cercanías para que así resultara más sencillo atraer a los futuros devotos.

Esta es una de las razones por las que en el norte peninsular es fácil encontrar la asociación entre iglesias y tejos. Una cercanía que tras numerosos siglos fue convirtiéndose en un intercambio de dogma.

Sin embargo, los tejos continúan aún impasibles, con sus raíces perpetuas, cubriendo con un halo de misterio y múltiples leyendas lugares que fueron sagrados, mucho antes de la aparición de las religiones.

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